domingo, 22 de mayo de 2011

El barco


Autora: Adelina Pérez


El barco atracado es otro mundo,
un ser viviente que respira y sopla,
corcel inquieto que la brida siente,
probando sus amarras proa y popa.
Deseando partir mientras se llena
de coches, de paquetes y viajeros,
por sus venas, que son largos pasillos,
se acomodaban nerviosos y ligeros.

Hay un afán que llegue la hora punta,
que diga el capitán ¿todo dispuesto?
Que todos al fin le digan: ¡vamos!
-¡Soltad amarras, que ya el mar es nuestro!
¡Con qué tiento probando de los cables
la tirantez, que poco a poco afloja!
Al fin se queda libre y cabecea,
buscando el equilibrio de su forma.

Se endereza a la ruta ya marcada:
la salida del puerto entre dos faros
y luego el mar, la noche iluminada
de la plata lunar, o el sol dorado.
Miro su caminar tan bien medido:
deprisa ni despacio se diría,
ligero por cumplir con su legado;
o despacio -¡que la mar es mía!

El barco navegando, ¡qué belleza!
como el fuego, la lluvia o la montaña,
atrae las miradas con deleite
cual si en ser natural se transformara.
Yo no pienso en calderas ni pistones
ni en brújulas o mapas preparados,
lo veo cual caballo de los mares
que una vez suelto, sigue confiado.

La gente participa en esa vida;
van y vienen, recorren los salones
entran y salen, pasillos, escaleras:
como sangre que corre a borbotones.
O se confían al lecho acogedor
y sienten el mecer sobre las olas,
como volver al seno de la madre:
el consuelo fetal por unas horas.

Yo he cruzado mi mar cuarenta veces
siempre con emoción, nunca en rutina;
cada viaje una aventura nueva,
sin saber lo que el hado me destina.
Siento en el mar viva naturaleza
y en su vida mi vida participa:
si en él muero, dejadme que en el fondo,
entre peces y perlas, me derrita.